Karla y sus ejercicios de respiración conciente

Y de repente, ahí estás.  En completa soledad.   Aún cuando haya gente todo el tiempo en derredor tuyo.  Aún cuando todos los que dicen conocerte te miran con rostros empáticos.  Todos tus demonios acabaron ganando batallas que siempre temiste, pero que nunca quisiste enfrentar.  Todos.  Al mismo tiempo.  Tus pulmones se hacen cada vez más pequeños, y mientras los minutos pasan, más conciente estás de que quizás los días que has vivido ya sean más que los días que te quedan por vivir.

walking

Karla, caminaba por las humedecidas banquetas del Circuito Interior desde el Mercado de Mixcoac hasta la Alberca Olímpica.  A veces aprovechaba sus recorridos para darse terapia a sí misma y escucharse.  Instalaba audífonos sin música y sin llamadas de nadie en sus oídos y hacía como si estuviera platicando con alguna amiga.  Hablaba y hablaba por cientos de metros, gesticulaba y conversaba.  En ocasiones, la gente que iba caminando delante de ella – porque en esta ciudad siempre hay gente adelante y atrás de uno al caminar – la volteaba a ver con cara de confusión.

La mayoría del tiempo hablaba con su ex novia, la ninfómana.  Claro que no lo era, pero ella misma declaraba serlo porque le encantaba el sexo.  Karla le reclamaba por haberse ido sin ella a Sudamérica en su maldita búsqueda por becas del gobierno  ¿Por qué la había dejado acá todavía estudiando apenas el sexto semestre de mercadotecnia?  ¿Por qué no podía esperar dos años más?  Todo era culpa de Ramón, su estúpido hermano, que la había obligado a trabajar por 2 años para ayudar en el negocio familiar que de todos modos se vino para abajo.  Ramón, quien la había hecho atrasarse dos años en sus estudios.  ¿Por qué?  ¿Para qué?

Cuando llegaba al punto en que había que reclamarle a su hermano, Karla rompía en llanto y no podía evitar excusarlo y echarse en falta a sí misma.  Había que ayudar, sobre todo después de que papá nos abandonara a mamá y a nosotros dos.  Había que estar ahí.  Demostrar que la familia unida siempre podía salir avante de cualquier situación.  ¡Pero fueron dos años, carajo!  Y ahora Patricia andaba a sus anchas en Santiago, trepando montañas los fines de semana.  Todo es mi culpa, se decía, por enamorarme, por haber aceptado que debía trabajar en vez de estudiar, por no tener los pantalones suficientes para expresar lo que realmente deseaba, por no haber sido una buena compañía para mamá durante sus días de duelo.  Y ahora, mamá tampoco estaba.  ¿Por qué, mamá?  ¿Dónde estás?  ¡No te encuentro!  ¡No entiendo para qué te moriste!

Karla dejaba de respirar durante los momentos en que su comprensión fallaba.  Tantas personas que extrañaba y que ya no estaban.  Tantos hábitos que había que olvidar, y que eran más fuertes que su propia voluntad.  Tanto sacrificio y tanta maldita e inevitable pérdida al final.  ¿De qué sirve estar aquí?  ¿Para qué demonios recordarte, Patricia, descarriada sexy de porquería, si no estás, si la vida sin ti aunque estés en ella parece no tener objetivos desde tu ausencia?  ¿De qué me sirven los recuerdos de tus locuras y tu sonrisa?  ¿Por qué no puedo simplemente borrarte de mi memoria y convencerme de que sólo fuiste un sueño?  ¿Un hermoso y fatídico anhelo?

Además, sentía que no tenía razones de peso para reclamarle a Patricia más que a sus padres, uno por esfumarse y la otra por fallecer en el limbo de su olvido.  Le daba una rabia terrible y la embargaba una ineludible culpa de saber que había sido una relación tan corta que la ninfómana seguramente la olvidaría en dos patadas.  No podía comprender por qué se la pasaba pensando en ella más que en sus problemas de verdad, por qué le recriminaba a ella más que a su hermano, por qué el mundo parecía perecer más rápidamente ahora que hacía meses que su familia había muerto.

Sus pulmones querían estallar, pero nunca lo lograban.  Más bien, siempre que llegaba a estos puntos de intersección con la desesperanza, cuando sus lágrimas estaban en su consistencia más viscosa y se convertían en lodazales hechos de mucosidades sobre su descompuesto rostro, todo su pecho parecía comprimirse.  Su respiración se tornaba tan pequeña, tan mohosa y tan insalubre.  Quería golpear a los transeúntes, quería asesinar animales indefensos, quería patear plantas y destrozar flores con sus manos desnudas.  ¿Por qué no se morían todos mejor?

Pero siempre se las ingeniaba para contenerse.  Era el momento en que se daba cuenta que el problema no era Patricia y su voluntario destierro, sino todo lo que había pasado antes de ella.  Todo lo que el tiempo perdido y las decisiones tomadas con anterioridad habían provocado.  Lo de Patricia era una promesa de vida nueva, ahora imposible.  Y era inevitable que los tiempos de las dos no coincidiesen, por muy hermosa y rotundamente perfecta que hubiese sido su relación de dos meses antes de la partida de ella.  Ahí, en ese punto de quiebre, era cuando Karla finalmente lograba encontrar un poco de calma.

La culpa es del universo y sus estúpidos tiempos, se consolaba a sí misma.

Siempre lograba seguir caminando hasta su destino, sin voltear a ver a nadie, con la capucha de su sudadera cubriendo su rostro.  Entraba al gimnasio, se despojaba de toda su ropa y se metía un rato a los vapores, hasta que sus alveolos quedaban humectados de moléculas calientes.  Después entraba a la alberca y daba furiosas brazadas sin pensar, siempre conciente del dolor en sus brazos.  Obligaba a su pecho a contener el aire por segundos mientras su nariz estaba debajo del agua.  A veces lo hacía por demasiado tiempo, pensando en si podría contenerse hasta morir.  Y nadie lo sabía…

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Cambiar es desaparecer

Soy el cambio.  Soy la médula espinal de lo que tanto anhelas y al mismo tiempo de lo que tanto temes.  Soy todas tus oportunidades por venir, y soy todas tus pérdidas.  Me miras de frente, pero nunca logras predecirme.  Soy fuego insoportable e inacabable.  Soy tu alma que sufre por culpa de tu corazón que no acaba de comprender.  Soy tus ojos que arden.  Soy tu cuerpo que grita y que termina por aceptar que sin mí no puedes continuar siendo.  Porque así como soy construcción, también soy desgaste, soy pedante intransigencia desbordada por el paso del tiempo.

Soy el cambio, y gracias a mí vas desapareciendo de a poco.  Voy destronándote, sin que te des cuenta, y del gozo de tu alma sólo quedan reminiscencias, débiles memorias sin conexión.  Soy el contraste entre lo que crees que pasó y lo que realmente ocurrió.  Soy un manojo infinito de interpretaciones y perspectivas.  Te doy momentos de entendimiento, para luego trastocar tus conclusiones.  Y es por esto que yo, que soy veleidad pura, te estoy forzando a desaparecer.  Para que dejes de ser tú, para que dejes de pensar tanto en ti.  Para que intentes cuando menos por momentos agendarme, y podamos coincidir, platicar, entendernos, y morir juntos sin problemas.

Soy tu cobardía.  Soy tus enseñanzas.  Soy tu embeleso.  Soy cada vez que intentaste ayudar a alguien a comprender, cada momento en que lograste conquistar al amor, cada sentimiento que te tornó en una criatura sin escrúpulos, ni vergüenza.  Soy ese momento lacerante que te convirtió en héroe a los ojos de quien más importaba.  Soy tú, pero mañana.  Soy tú, dos segundos después de que tu corazón ha sido roto.  Soy tú, pero sin los pedazos de tu alma que han muerto.

Soy el cambio, y gracias a mí, desapareces todo el tiempo.  Dejas de ser.  Dejas de entender.  Te comportas como si apenas hubieras nacido, y como si ya supieras cómo la vida funciona.  Soy tus derroches y tus encuentros.  Soy tus entornos y tus epifanías.  Soy tu vida socavada y convertida en infinito vacío.  Soledad insoportable.

Pero también soy quien te da libertad.  Soy quien inspira y provoca tus más bellos pensamientos, tus más extravagantes ideas.  Tus comportamientos más amables y tus compromisos más considerados.  Tus más valientes actitudes y tus mejores momentos de cariño y lealtad.  Tus conversaciones de amor hasta que el mundo desaparece cuando cierras los ojos.  Soy tus intentos más tenaces por aprender.  Soy tu cuerpo que, entre procesos intangibles, nunca deja de nacer.  Así que tienes razón en sentirte siempre así.  Soy tu corazón que sana, soy tu belleza que emana, y soy tu alma cuando resplandece.  Soy ese momento del primer beso, soy ese instante infinito de terminales nerviosas ajenas conectadas.  Soy tu vida.  Soy tu deseo.  Soy tú…

patos

 

 

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La sublimidad de nuestras intenciones

Todos morimos.  Viviremos antes vidas nuestras.  Sentiremos espacios vacíos tan imponentes y tan infranqueables.  Tomaremos turnos para llegar a lugares sobre escaleras eléctricas de color amarillo.

Mientras durmamos, a veces tendremos sueños que jamás recordaremos.  Veremos imágenes de cómo pensábamos en la felicidad que podríamos lograr.  Visitaremos la existencia nuestra que nunca ocurrirá.  Despertaremos sin la conciencia del compromiso de nuestros sueños desaparecidos.

Pero el corazón sabe.  El corazón recuerda.  Tiene grabadas, a manera de tatuajes logrados a punta de cincel, copias de nuestras más intrínsecas aspiraciones.  Nuestros desplantes ocultos.  Nuestros rencores sin sentido.

Y nuestra alma también sabe.  Pues muere de a poco con la infamia incipiente, pero al fin corrompida, de las visiones ignoradas de nuestro inalcanzable futuro.  Pues nuestros sueños no fueron concebidos para ser después guardados.  Nuestros planes no fueron intuidos para simplemente ser desatendidos.  La inspiración no nos viene de la nada, ni de la fugacidad de las ideas.  La vida no se nos da, así como tampoco seremos testigos de nuestra trascendencia.  Si es que ésta ha de ocurrir.

Todos morimos.

sublimidad

Sublimidad por Juan Diego Guzmán Tafur

 

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Tu mirada como sueños

Tú lo eres desde siempre, tú lo vives desde antes de llegar.  Tu mirada como sueños.  Proyecciones de tus ojos en el vacío de mi alma me hacen despertar y me vuelcan hacia ti.  Intrínsecas necesidades que no deberían estar allí.  Tan profundamente cercanas, pero tan inalcanzables.

Lamentos profundos unen y petrifican nuestras almas entre el violeta de las jacarandas y el verdor de la ciudad.  Tu mirada como sueños.  Procesos interminables que nos consumen y nuestra historia ennegrecen.  Informes rutinas sin sentido.   Inalterables candeleros que brillan a pesar del vendaval.

Tu mirada como sueños empotrados en mí.  Tu mirada como sonrisas de ángeles lujuriosos.  La sensación de tu penetrar en mí sin que siquiera me toques, la imagen que dejas en mi cabeza cada vez que volteas, cada vez que me hablas, cada vez que en la realidad abro los ojos y en la plenitud de mi tristeza reparo en el hecho de que no me estás mirando.

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Corazones expuestos

Me imaginé un mundo de corazones expuestos. Si pudiésemos ver los batientes núcleos de las personas conforme se van rompiendo, mientras sus fibras se van desgarrando, me pregunto las acciones que estaríamos dispuestos a llevar a cabo. Podríamos ver también hasta dónde llega la tolerancia de la gente. Qué segmentos van sufriendo y desesperadamente luchan por permanecer.

corazonenllamas

Image by Pablo Rivera

¿Qué tan frecuentemente estarían las personas expuestas a nuestra contemplación de sus corazones destrozados? ¿Quiénes usarían este conocimiento para destruir personas, cuántos lo emplearían para ayudar? Habría personas que mostrarían su corazón como evidencia de pasadas experiencias. Habría quienes preferirían mostrarlo antes de comprometerse, para que el receptor de semejante adeudo tuviese conciencia de la progresión del deterioro de su alma grana. Para que supiera su resistencia, su fragilidad, su precariedad de condiciones.

 

Qué tristes nuestras vidas llenas de crueldad, crecidas en el sopor del desconocimiento. Qué ostensiblemente presuntuosos seres que creemos tener la sapiencia de cómo tratar al corazón ajeno si no hemos estado con él, si no hemos sentido sus latidos, si no hemos palpitado de terror con él, si tampoco siquiera entendemos cómo el nuestro ha llegado a ser lo que es. Qué denigrada vida que entre ácidos y cromosomas requiere de nuestro pesar y tormento para hacernos fuertes hasta la inconciencia y el estupor, hasta que dejemos de ser hermosos, con nuestros corazones invisibles…

 

 

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Intro

Marcia estaba haciendo lo posible por recordar, pero el esfuerzo era familiarmente infructuoso.  Hubiera querido inventar una excusa.  Ir al baño, conseguir una servilleta, servirse más postre. Lo que fuera para no tener que contestar la pregunta frente a tantas personas, pero todos habían contestado hasta ahora, y su turno ya estaba demasiado cerca.

Hablaba ahora el argentino que desviaba las miradas de todas y varios al caminar.  Marcelo, se llamaba.  Lo había visto en ocasiones anteriores, pero como siempre llegaba tarde, Marcia no había tenido la oportunidad de sentarse tan cerca de él como hoy.  En fin, las reuniones le habían motivado bastante a conocer a más personas en esta ciudad, y el argentino no había intentado acercarse tampoco, así que ella había perdido el interés desde la primera reunión.

“Mi nombre es Marcelo.”  Decía con su acento rioplatense. “Llevo 5 semanas en la Ciudad de México, y lo que más me hace recordar mi niñez es el olor a chocolate caliente.  Es algo que me transporta inmediatamente a la casa de mi abuela, que en paz descanse.  A su cocina.  A los momentos en que a mis primos y a mí nos preparaba la cena cuando éramos chavales.  Muy buenos tiempos.”

Qué odiosa reacción de todos.  Suspiros de ellas desde sus lugares y asentimientos de ellos.  Marcia sentía cómo la tensión en las venas y los músculos de su cuello le comenzaba a dar dolor de cabeza.  Además, su respuesta era tan poco original.  ¿Quién no había tomado chocolate caliente en casa de su abuelita cuando niño?  Era algo que hasta ella podría haber inventado justo ahí.  Además, los hombres aprobaban el comentario como si supieran cómo las abuelas argentinas hacían chocolate caliente hace veinte años.  Y las mujeres…  Si tan sólo pudieran verse a sí mismas lanzando ridículos suspiros.

Los gestos fueron cambiando conforme los concurrentes fueron tomando su turno para hablar, y Marcia no podía más que dejarse arrollar por la certidumbre de que su niñez había desaparecido, así que paulatinamente se fue acostumbrando a la idea de que iba a tener que decir una mentira sólo por salir del compromiso.  Teresa, la española, fue quien habló antes que ella.  Habló lindo y tierno de sus padres en Gijón y de la Costa Verde, donde tenían una casita blanca, pequeña y llena de flores todo el tiempo.

Así, a pesar de todos los intentos de Marcia por detener el tiempo, por tener un ataque cardíaco, o por finalmente lograr desaparecer, llegó su turno para presentarse.  Iba a decir una mentira.  Una falsedad enorme.  Pero no pudo.

“Soy Marcia.” Dijo con tal formalidad, que obligó al general acallamiento de sonrisas.  “Y la verdad es que perdí la memoria de todo hace tres años, cuando sufrí un accidente en carretera, en el cual aparentemente murieron mi esposo y mis dos hijas.”  Hizo una mueca inmediata con las manos hacia arriba y una sonrisa sarcástica para evitar reacciones de pesar por parte de los que escuchaban. “¡Pero no se preocupen!  Como perdí la memoria completamente, ni siquiera sentí su perdida, pues no tengo recuerdos de nada ni de nadie…”

“Antes del choque.” Interrumpió Marcelo, asintiendo desde su lugar.  Afortunadamente atrayendo atención antes de que la conciencia de la crueldad del comentario fuera patente.

“Ciertamente.” Concluyó.  “Así que lamento mucho no poder contestar la pregunta inicial.  Aunque, lo que sí puedo decir es que estoy muy contenta de estar con ustedes y que estas reuniones de comida internacional me fascinan.”

Esperaba que todo continuara como había acontecido hasta el momento, y que la palabra fuera cedida a la guatemalteca de al lado, pero todas las personas en el salón mantuvieron el silencio con sus miradas hacia ella.

“Pero, entonces ¿qué recuerdas?” Dijo alguien que no pudo identificar.

“En realidad, nada.”  Trató de sonreir.  “A veces, prefiero pensar que nací hace tres años y que mis padres me dejaron en el hospital.”

 

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Ashes / Cenizas

There is nothing left to hide.  There is nowhere to be gone.  There is no reason to remain, no treason to condemn.  Your integrity is destroyed.  Your respect has landed on the worst of grounds.  There are no forces left in the universe to refrain me from hurting you, but I have got no strength in me to do it.  No will, no intent, no wit.  My world is made up of negatives.  Denials.  My eyes see only that which is missing.  My heart lacks, as it becomes smaller, a heart.  My breathing is so short.  I know it because I am permanently hunched over the void therein.  I am forever lost, and my soul can’t seem to find me.  There is no sin, yet I am condemned.  There are no good deeds in me, for they all seem so me, so powerful with the contents of my own spirit, that my body is mercilessly emptying from its invisible crevices.  And all of what is gone will never come back.  My love, my admiration, my enlightenment, your place.  There is not even hate in me, no anger, no fury, no fire.  I am put off, and all of me is ashes.  Eternally hurting ashes.

No hay nada que esconder ya.  No hay a donde perderse.  No hay razones para permanecer, ni traición que condenar.  Tu integridad está destruída.  Tu respeto ha aterrizado en el peor de los suelos.  No hay fuerzas ya en el universo para contenerme de lastimarte, pero ya no tengo fuerzas para hacerlo.  No tengo albedrío, intenciones o ingenio.  Mi mundo se conforma de negativos.  Negaciones.  Mis ojos ven sólo aquéllo que falta.  A mi corazón le falta, conforme empequeñece, un corazón.  Mi respiración es pequeña.  Lo sé porque estoy permanentemente jorobado sobre el vacío que ahí yace.  Estoy perdido para siempre, y mi alma no parece poder encontrarme.  No hay pecados, y sin embargo estoy condenado.  No hay ya buenas acciones en mí, pues todas están tan llenas de mí, tan poderosas con los contenidos de mi propio espíritu que mi cuerpo despiadadamente se vacía por sus grietas invisibles.  Y todo lo que se ha ido no regresará jamás.  Mi amor, mi admiración, mi entendimiento, tu lugar.  Ya ni siquiera hay odio en mí, no hay enojo, no hay furia, no hay fuego.  Estoy apagado, y todo yo soy cenizas.  Cenizas que duelen por siempre.

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